LA TRUCHA ARCO IRIS
No había despuntado
aun la blanca luna sobre los altos picos de Tormantos, la oscuridad se
cernía sobre el campamento Carlos V con un manto rumoroso de sonidos. El
chirriar de los grillos y las chicharras,
el ulular de las lechuzas y algún ladrido lejano acompasaban un silencio
nocturno solo interrumpido por los ávidos
violeros en su afán por procurarse comida en el cuerpo de unos niños que a aquellas horas
rendían tributo al descanso reparador, después de una larga jornada de deporte
y aventura en el curso del rio Jerte.
Los monitores ya estaban en sus sacos de dormir y los niños descansaban
en las tiendas de campaña, que llenaban en grupos de 7. Dormían a pierna suelta
a pesar de los mosquitos y violeros que llenaban sus cuerpos de molestos borronchos ¿dormían todos? Antolín daba vueltas en su
saco, se revolvía y rascaba las piernas en un duermevela sudoroso que le
impedía conciliar el sueño en profundidad.
Era la noche del 31 de octubre, el día de Los Santos, un grupo de niños de la escuela
de El Torno había acudido a pasar el fin de semana al Campamento Carlos V, a
los pies de la temible Garganta de los Infiernos, en el Valle del Jerte, para
celebrar la calbotada y hacer deportes de aventura.
Apenas la luna llena asomó sus delicadas alas sobre las
altas cimas del Jerte y cubrió con un manto de luz las laderas y rincones más
recónditos de la comarca, Antolín rompió el silencio rumoroso que reinaba en el
campamento con un grito seco:
-¡ahhh, aquí no hay quien duerma,
me tienen asau lus violerus a
picotazus! -El grito despertó a Amancio que descansaba a su lado.
- ¿qué te pasa tíu? -Preguntó medio adormilado.
- Que no me dejan durmil lus
musquitus, me pica endi las uñas de lus pies hasta el últimu pelu del cogoti.
- Yo tamién estoy yenu de borronchus, vaya asaeru de viulerus.
Uno tras otro se fueron despertando los niños y niñas de
aquella tienda mientras el sueño se desvanecía como humo empujado por un viento
voraz al cielo abierto de aquella noche de luna llena.
Antolín, desperezándose con los brazos abiertos como alas y
el hocico arrugado, se dirigió a sus compinches invitándolos a dar una vuelta
por los alrededores del Campamento para ver donde paraban los sisones y
gamusinos que los monitores habían mencionado vagamente en el juego de pistas
de la velada y que nadie había sido capaz de encontrar.
- Oyi,
¿queréis que salgamus a buscar gamusinus y sisonih y asín damus mañana un
chascu a lus monitoris? Y endispués poemus jacermus una güena chirrinfoya con
luh que cacemuh.
- Mi ermanu
Migui es mu espabilau pa seguil las jóyigas de lus animalis en el bosqui, ¿a
que sí, Migui? – dijo Amancio mientras se dirigía a su hermanito pequeño.
- Lus jusmeu
enseguía y doy con eyus en un santiamén, yo quieru ir tamién con vusotrus a
buscal.lus –exclamó el pequeño.
- Pos
antoncis, qué os paeci si salimus sin jacel ruidu pa no dispertal a lus
munitoris, anqui las niñas no sé yo si aguantarán purqui son más miedicas.
- Oyi,
oyi, que de miedicas, nada monada, que Lu y yo os damus cien güeltas a vusotrus
y si no lo creéis, amus a comprobal.lu esta nochi. - Respondió Almu, ofendida saltando
de su saco como una bala.
Migui propuso salir a buscar por el camino la cueva de la
temida Serrana del Piornal, que hacía cientos de años que estaba cobijaba en algún
rincón secreto del Valle del Jerte, para lo cual se habían de proveer de
mochila con los utensilios necesarios: unas galletas, agua y la luz frontal
para llevar en la cabeza y así vislumbrar los obstáculos del camino.
- Peru
es una misión mu peligrosa, asínqui Alvaritu no puéi venil purqui es mu
chiquinino aun. Y si le muerdi angún gamusino, endispués amus a tenel títirih.
- Terció Migui.
-Si
ombri, que te creih tu esu, yo no me queu aquí ni anqui me atéih y sino me
chivu a luh munitorih. –Exclamó Alvaritu.
Dicho y hecho, nuestros valientes salieron sigilosamente del
campamento y se pusieron en camino en busca de aventura. La noche se fue
oscureciendo por un eclipse de luna llena y toda la naturaleza pareció
ensordecer de repente. Tanta quietud causó un cierto desasosiego en el grupo.
Pero siguieron avanzando en su periplo hasta que oyeron un rumor lejano de
aguas que caían, un rumor tamizado de silencios que ejercía un extraño poder
magnético. Encaminaron sus pasos siguiendo el
rumor furtivo hasta que se fue convirtiendo en estruendo de cascadas que
discurrían abruptas por la cuenca de la Garganta de Los Pilones. Asomaron sus
ojos curiosos al barranco que se precipitaba a sus pies. En el fondo del abismo
divisaron un charco rumoroso donde caía y sosegaba el agua cristalina de la
garganta. El ruido era ensordecedor y la oscuridad se cernía amenazadora y
misteriosa. Antolín se adelantó al grupo
saltando de cancho en cancho hasta llegar al remanso del agua que se detenía en
una poza profunda.
- Estus
charcus están yenus de vía. -Dijo mientras se enjuagaba las manos.
Lentamente, los vahos que el agua dejaba al caer se fueron
iluminando con los primeros rayos del sol. Un abanico de colores irisados se confundía
levemente con la neblina que la chorrera producía en su caída vertical desde lo
alto del barranco. Alvaritu se aferró a las piernas de Migui y Almu se tapó los
ojos, asustada. De repente un gran pez saltó desde el agua y volvió a saltar
haciendo cabriolas en el aire. El grupo de niños estaba, cuanto menos,
espantado, ¿qué prodigio era aquel que irisaba el barranco y le daba un olor a
misterio impenetrable? Las miradas se dispararon al compás de los sutiles movimientos
del pez, cuando de repente el anfibio se aposentó sobre un cancho con toda su
luz y magnificencia y para sorpresa general habló:
-No
temáis naa, soy Arco Iris, sí, la famosa trucha Arco Iris de la que os’an jablau
en la escuela muchas vecis.
-Ah,
poh mujotruh íbamuh en busca de la cueva de la Serrana del Piornal y de pasu si
cazamuh angún gamusinu, poh miel sobri hojuelas. –Dijo Antolín.
- Na de
cazal gamusinuh y menuh sisonih, pos aparti de sel serih imaginarius, la su
caza está terminantimenti proibía, asinqui más sos vali orviaruh desa misión
impusibli. –Dijo Arco Iris con vehemencia.
-¡Si
hombri, comu que mos vamuh a queal sin merendiya, con lo ricuh que’stan luh
sisonih y luh gamusinuh! Exclamó Migui envalentonado.
- Poh
yo creu que Arco Iris tiene razón, ¿ondi amuh mujotrus a cazal naa si ni
siquiera trujimuh un tristi sacu pa metel esus bichinuh, amás que son
imaginarius. Reflexionó Almu en voz alta.
- Mu
bien muchachinuh y muchachinas, os prupongu que aora que güervi de las sus
majás nohturnas el rey sol os peguéis un güen bañu, velaquí, en esti charcu tan
lindu y endihpués os tupiis de morah y de bleus y os gorvéis pal campamentu, no
vayasel que lus munitoris os’echin en farta y se líi una güena zurriona. –Les
propuso Arco Iris.
Los niños pensaron que quizás no era mala propuesta y
decidieron darse un baño en las claras aguas jerteñas. Se zambulleron en el
charco y retozaron entre risas y bromas mientras Arco Iris hacía piruetas entre
el agua y la luz entreverada que la espesa copa de los árboles dejaba pasar con
los primeros rayos del sol mañanero. Después se secaron encima de unos canchos
y comieron moras y cerezas silvestres que encontraron por allí.
Mientras se jartaban de comer, el paisaje se fue amenizando
con los rayos solares que entraban intrépidos entre la maraña del follaje. El
murmullo de los pajarillos competía con el rumor salvaje del agua que caía en
rizos coloridos desde el barranco. Entre la cortina de luz que el agua dejaba a
su paso aparecieron los gamusinos ululando cual lobos y los sisones aullando
con sus silbidos de luz iridiscente. En medio de este concierto apareció Arco
Iris con otras muchas truchas saltando desde el agua y realizando cabriolas
como nunca habían visto los niños.
El tiempo discurría en un entorno mágico hasta que de
repente se oyó un gran trueno y el sol declinó en el barranco lentamente. La
danza parecía terminar cuando el escenario volvió a su esplendor natural
tamizado ahora por gotas de una fina lluvia que amenazaba con calarlos hasta
los huesos.
-
Güenu amiguinus, mos vamus a ir yendu pabaju
antis que moh jechin en farta. -Conminó Antolín al grupo.
-
Me paeji una güena idea y, si os paeji bien,
otru día con más tiempo podéis vinil a visitalmi y us prumetu que os cuentu el
secretu de la Reina Mora y el su tesoru ascondíu porestas sierras. -Les propuso
Arco Iris.
Así fue como quedaron, cómplices con la trucha Arco Iris,
ahítos de felicidad por la aventura vivida. El calor embargó de gozo sus
corazones como un dulce secreto inmemorial. Habían vivido una aventura mágica e
inesperada en un bosque animado, agreste y lleno de vida.
-
Ali payá, Arco Iris, mos vamus agilandu pabaju
peru no muh orviamuh de la promesa que mus jas jechu. Gorveremuh candu menus te
lu asperis. –Advirtió Alvaritu.
-
Adiós, adiós, mis lindus talismanis – les
despidió a todos los niños al unísono la trucha Arco Iris.