Do mana el agua pura

Do mana el agua pura

viernes, 18 de marzo de 2022

 

LA TRUCHA ARCO IRIS



No había despuntado  aun la blanca luna sobre los altos picos de Tormantos, la oscuridad se cernía sobre el campamento Carlos V con un manto rumoroso de sonidos. El chirriar de los  grillos y las chicharras, el ulular de las lechuzas y algún ladrido lejano acompasaban un silencio nocturno solo interrumpido por los ávidos  violeros en su afán por procurarse comida en  el cuerpo de unos niños que a aquellas horas rendían tributo al descanso reparador, después de una larga jornada de deporte y aventura en el curso del rio Jerte.

Los monitores ya estaban en sus sacos de dormir y los niños descansaban en las tiendas de campaña, que llenaban en grupos de 7. Dormían a pierna suelta a pesar de los mosquitos y violeros que llenaban sus cuerpos de molestos borronchos  ¿dormían todos? Antolín daba vueltas en su saco, se revolvía y rascaba las piernas en un duermevela sudoroso que le impedía conciliar el sueño en profundidad.

Era la noche del 31 de octubre, el día de Los Santos, un grupo de niños de la escuela de El Torno había acudido a pasar el fin de semana al Campamento Carlos V, a los pies de la temible Garganta de los Infiernos, en el Valle del Jerte, para celebrar la calbotada y hacer deportes de aventura.

Apenas la luna llena asomó sus delicadas alas sobre las altas cimas del Jerte y cubrió con un manto de luz las laderas y rincones más recónditos de la comarca, Antolín rompió el silencio rumoroso que reinaba en el campamento con un grito seco:

                -¡ahhh, aquí no hay quien duerma, me tienen asau lus violerus a picotazus! -El grito despertó a Amancio que descansaba a su lado.

- ¿qué te pasa tíu?  -Preguntó medio adormilado.

- Que no me dejan durmil lus musquitus, me pica endi las uñas de lus pies hasta el últimu pelu del cogoti.

- Yo tamién estoy yenu de borronchus, vaya asaeru de viulerus.

Uno tras otro se fueron despertando los niños y niñas de aquella tienda mientras el sueño se desvanecía como humo empujado por un viento voraz al cielo abierto de aquella noche de luna llena.

Antolín, desperezándose con los brazos abiertos como alas y el hocico arrugado, se dirigió a sus compinches invitándolos a dar una vuelta por los alrededores del Campamento para ver donde paraban los sisones y gamusinos que los monitores habían mencionado vagamente en el juego de pistas de la velada y que nadie había sido capaz de encontrar.

                - Oyi, ¿queréis que salgamus a buscar gamusinus y sisonih y asín damus mañana un chascu a lus monitoris? Y endispués poemus jacermus una güena chirrinfoya con luh que cacemuh.

                - Mi ermanu Migui es mu espabilau pa seguil las jóyigas de lus animalis en el bosqui, ¿a que sí, Migui? – dijo Amancio mientras se dirigía a su hermanito pequeño.

                - Lus jusmeu enseguía y doy con eyus en un santiamén, yo quieru ir tamién con vusotrus a buscal.lus –exclamó el pequeño.

                - Pos antoncis, qué os paeci si salimus sin jacel ruidu pa no dispertal a lus munitoris, anqui las niñas no sé yo si aguantarán purqui son más miedicas.

                - Oyi, oyi, que de miedicas, nada monada, que Lu y yo os damus cien güeltas a vusotrus y si no lo creéis, amus a comprobal.lu esta nochi. - Respondió Almu, ofendida saltando de su saco como una bala.

Migui propuso salir a buscar por el camino la cueva de la temida Serrana del Piornal, que hacía cientos de años que estaba cobijaba en algún rincón secreto del Valle del Jerte, para lo cual se habían de proveer de mochila con los utensilios necesarios: unas galletas, agua y la luz frontal para llevar en la cabeza y así vislumbrar los obstáculos del camino.

                - Peru es una misión mu peligrosa, asínqui Alvaritu no puéi venil purqui es mu chiquinino aun. Y si le muerdi angún gamusino, endispués amus a tenel títirih. - Terció Migui.

                -Si ombri, que te creih tu esu, yo no me queu aquí ni anqui me atéih y sino me chivu a luh munitorih. –Exclamó Alvaritu.

Dicho y hecho, nuestros valientes salieron sigilosamente del campamento y se pusieron en camino en busca de aventura. La noche se fue oscureciendo por un eclipse de luna llena y toda la naturaleza pareció ensordecer de repente. Tanta quietud causó un cierto desasosiego en el grupo. Pero siguieron avanzando en su periplo hasta que oyeron un rumor lejano de aguas que caían, un rumor tamizado de silencios que ejercía un extraño poder magnético. Encaminaron sus pasos siguiendo el  rumor furtivo hasta que se fue convirtiendo en estruendo de cascadas que discurrían abruptas por la cuenca de la Garganta de Los Pilones. Asomaron sus ojos curiosos al barranco que se precipitaba a sus pies. En el fondo del abismo divisaron un charco rumoroso donde caía y sosegaba el agua cristalina de la garganta. El ruido era ensordecedor y la oscuridad se cernía amenazadora y misteriosa.  Antolín se adelantó al grupo saltando de cancho en cancho hasta llegar al remanso del agua que se detenía en una poza profunda.

                - Estus charcus están yenus de vía. -Dijo mientras se enjuagaba las manos.

Lentamente, los vahos que el agua dejaba al caer se fueron iluminando con los primeros rayos del sol. Un abanico de colores irisados se confundía levemente con la neblina que la chorrera producía en su caída vertical desde lo alto del barranco. Alvaritu se aferró a las piernas de Migui y Almu se tapó los ojos, asustada. De repente un gran pez saltó desde el agua y volvió a saltar haciendo cabriolas en el aire. El grupo de niños estaba, cuanto menos, espantado, ¿qué prodigio era aquel que irisaba el barranco y le daba un olor a misterio impenetrable? Las miradas se dispararon al compás de los sutiles movimientos del pez, cuando de repente el anfibio se aposentó sobre un cancho con toda su luz y magnificencia y para sorpresa general habló:

                -No temáis naa, soy Arco Iris, sí, la famosa trucha Arco Iris de la que os’an jablau en la escuela muchas vecis.

                -Ah, poh mujotruh íbamuh en busca de la cueva de la Serrana del Piornal y de pasu si cazamuh angún gamusinu, poh miel sobri hojuelas. –Dijo Antolín.

                - Na de cazal gamusinuh y menuh sisonih, pos aparti de sel serih imaginarius, la su caza está terminantimenti proibía, asinqui más sos vali orviaruh desa misión impusibli. –Dijo Arco Iris con vehemencia.

                -¡Si hombri, comu que mos vamuh a queal sin merendiya, con lo ricuh que’stan luh sisonih y luh gamusinuh! Exclamó Migui envalentonado.

                - Poh yo creu que Arco Iris tiene razón, ¿ondi amuh mujotrus a cazal naa si ni siquiera trujimuh un tristi sacu pa metel esus bichinuh, amás que son imaginarius. Reflexionó Almu en voz alta.

                - Mu bien muchachinuh y muchachinas, os prupongu que aora que güervi de las sus majás nohturnas el rey sol os peguéis un güen bañu, velaquí, en esti charcu tan lindu y endihpués os tupiis de morah y de bleus y os gorvéis pal campamentu, no vayasel que lus munitoris os’echin en farta y se líi una güena zurriona. –Les propuso Arco Iris.

Los niños pensaron que quizás no era mala propuesta y decidieron darse un baño en las claras aguas jerteñas. Se zambulleron en el charco y retozaron entre risas y bromas mientras Arco Iris hacía piruetas entre el agua y la luz entreverada que la espesa copa de los árboles dejaba pasar con los primeros rayos del sol mañanero. Después se secaron encima de unos canchos y comieron moras y cerezas silvestres que encontraron por allí.


Mientras se jartaban de comer, el paisaje se fue amenizando con los rayos solares que entraban intrépidos entre la maraña del follaje. El murmullo de los pajarillos competía con el rumor salvaje del agua que caía en rizos coloridos desde el barranco. Entre la cortina de luz que el agua dejaba a su paso aparecieron los gamusinos ululando cual lobos y los sisones aullando con sus silbidos de luz iridiscente. En medio de este concierto apareció Arco Iris con otras muchas truchas saltando desde el agua y realizando cabriolas como nunca habían visto los niños.

El tiempo discurría en un entorno mágico hasta que de repente se oyó un gran trueno y el sol declinó en el barranco lentamente. La danza parecía terminar cuando el escenario volvió a su esplendor natural tamizado ahora por gotas de una fina lluvia que amenazaba con calarlos hasta los huesos.

-          Güenu amiguinus, mos vamus a ir yendu pabaju antis que moh jechin en farta. -Conminó Antolín al grupo.

-          Me paeji una güena idea y, si os paeji bien, otru día con más tiempo podéis vinil a visitalmi y us prumetu que os cuentu el secretu de la Reina Mora y el su tesoru ascondíu porestas sierras. -Les propuso Arco Iris.

Así fue como quedaron, cómplices con la trucha Arco Iris, ahítos de felicidad por la aventura vivida. El calor embargó de gozo sus corazones como un dulce secreto inmemorial. Habían vivido una aventura mágica e inesperada en un bosque animado, agreste y lleno de vida.

-          Ali payá, Arco Iris, mos vamus agilandu pabaju peru no muh orviamuh de la promesa que mus jas jechu. Gorveremuh candu menus te lu asperis. –Advirtió Alvaritu.

-          Adiós, adiós, mis lindus talismanis – les despidió a todos los niños al unísono la trucha Arco Iris.

                     


       

Pablo Muñoz.


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